Todo empieza con un primer paso; una molécula, una mota de polvo, aquello que, en la unión con sus iguales, se expande hasta devenir complejidad. El píxel, primer paso de nuestras presencias digitales, funciona en la obra de Abraham Alonso como unidad de medida de la homogeneidad que define el imaginario digital que nos envuelve. Imágenes aparentemente distintas son desprovistas de su individualidad al sintetizarse en la expresión gráfica. Esta noción de molécula que se une a sus pares se materializa en Territorios Comunes y Standard Sculptures de Alejandro Sánchez; la síntesis por acumulación resulta en horizontes montañosos de tartrazina sobre servilletas revelando pasados que advierten presentes globalizados. El pladur se manifiesta aquí como fragmento de una cultura occidental en ruinas, frágil como el mismo material que aquí la retrata.
Del latín simplex, la simplicidad es la ausencia de pliegues; una superficie lisa y heterogénea que es simultáneamente síntesis perfecta y fragmento de algo mayor. El impacto de un factor ajeno e impredecible sobre un cuerpo geográfico, sensible, emocional, genera nuevas coreografías sobre la piel que lo cubre. Huellas y cicatrices seran los pliegues con los que Carolina Borrero e Irene Realle indaguen en las historias de cuerpos aparentemente lisos. Descifrando los rastros de nuestro paso por la naturaleza, Borrero transforma los vestigios de nuestras huellas analógicas en cartografías de una identidad inerte, el sujeto de nuestra intervención que nos la devuelve con la misma fuerza. Esta misma descodificación se vuelve inestable en el momento en el que el rastro no es perceptible con los sentidos; mediante un propuesta fotográfica y escultórica, Realle retrata una memoria porosa, fragmentada, traduciendo las experiencias afectivas en las vetas como cicatrices implícitas en la materia y explorando las marcas como incisiones que devienen nuevas geografías de la piel presente. Pero toda transformación requiere de un tránsito, una itineración que dejará tras de sí lo que en algún momento habría sido fundacional; Nguyen Quang Trung se cubre con lo descartado, con los escombros de un pilar que ya no sostiene. A través de una exploración performática del folklore tradicional vietnamita, el artista evoca lo ausente para encarnar la realidad de una identidad diaspórica.
En su forma más elemental, lo simple es la fuente de la que bebe la búsqueda de algo más profundo, la tierra fértil de la que emerge toda complejidad, el hilo que se convierte en trama, que trepa y se arrastra generando valles y relieves, vínculos y alteraciones, objetos olvidados que, abrazados por manos curiosas, serán obra. Todo empieza y termina con un primer paso, uno simple y único que, al desligarse de sus iguales, es totalidad.
Charlie Corbella


























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